PROLOGO:
“La humanidad decae, pierde su
fe, espera su fin. Pero no importa si los demás se rinden, no importa si solo
quedo yo; me mantendré de pie hasta el final.
En este mundo donde las cosas cambian,
nosotros no cambiamos. Nosotros nos mantenemos y lamentamos, peleamos por
nuestros ideales. En este mundo donde no cambiamos luché; no por honor, no por
gloria, sino por amor.
¿A caso escuchas mis plegarias?, ¿escuchas mis
promesas? Tu voz y mi voz resuenan en el
aire, llenas de llanto, odio, ternura, amor.
En este mundo donde todo y nada
cambia, te conocí.”
En una ciudad llamada Esperanza, alrededor
de las tres de la mañana, las calles se encontraban desiertas, silenciosas, su
fantasmagórico silencio hacia que se apreciara hasta el sonido de los rayos de
la luna; pero por alguna razón nadie escucho lo que acontecía esa noche.
Una pelea entre viejos enemigos por el
tesoro más grande de la historia, una pelea pospuesta desde hace tres mil años;
pero hasta esa noche viejos resentimientos surgieron a la luz.
-¡Vamos!, tenemos que salvar a la
“reina” y a su bebé-gritó un soldado que a simple vista era el líder de unos de
los bandos.
Su pelotón estaba compuesto por hombres
valientes, preparados mentalmente para proteger a su “reina” a costa de sus
vidas. Hombres expertos en combate y armas con un enorme deseo de gloria e
instintos de pelea obtenidos desde su nacimiento, resaltantes a la vista por su
uniforme militar de un tenue gris con camuflaje azul; mientras que el enemigo
de uniforme negro azabache contraatacaba con toda su ira a los soldados de
Dios.
- Capitán, nosotros trataremos de
detenerlos, su prioridad es la “reina”,- estas palabras provenían del segundo
al mando, un león de color blanco puro, pero con una voz muy diferente a la de
su apariencia, una voz perteneciente a un muchacho de tan solo catorce años de
edad- sí le llegara a pasar algo a la chica y a su bebé, nuestro líder no
tendría compasión por nosotros al haber desprotegido a su esposa. ¡Vallase ya!-
y con este grito William, capitán de El Escuadrón, huyo junto con una mujer
embarazada. “Que Dios nos bendiga”. Esa plegaria fue la causante de que
aquellos hombres defendieran sus posiciones con valentía.
Hubo bajas de parte de los dos bandos,
hombres caídos, soldados peleando; y a
pesar de que la batalla estaba alcanzando su clímax, se decidió pausarla para
una próxima vez.
Y mientras nadie se percataba de la
intensa pelea, la ciudad se hundía en el feroz y despiadado fuego, dejando sin
vida a todo habitante dentro de ella.
Antes de que amaneciera, en una casa
ubicada en los suburbios colindantes a la ciudad, una mujer daba a luz a una
niña, cubierta por una luz dorada intensa. “Ni una palabra de esto”, dijo el
capitán a la madre de la muchacha quien asistió el parto. “no se preocupe,
estamos consientes de la situación de mi hija y su bebé”.
La niña parecía estar en excelentes
condiciones, pero la nueva madre no. El huir a toda prisa a pesar de estar a
punto de dar a luz afecto a la muchacha de 21 años, dejándole no más de dos
horas de vida. “Quiero que crezca en paz, rodeada de personas que la quieran,
con una oportunidad de vivir su vida como ella quiera; sé que es mucho pedir,
pero no quiero que se involucre en esto, quiero que crezca feliz aunque no esté
con ella. Sé que le hare mucha falta”, dijo la mujer con lagrimas en sus ojos.
“Descuida, trataré de mantenerla alejada de todo esto, pero, ¿y su padre?; ¿no
crees que tiene derecho a verla?”. Un triste silencio se hizo presente en la
habitación, la chica miraba a William con un gesto de suplica; “entiendo, se lo
explicaré personalmente pero, deja que la vea solo una vez”. La única respuesta
que ella pudo decir fue “de acuerdo”.
Un destello inundó la recamara donde se
encontraba la recién nacida y su madre. Ya habiéndose dispersado la figura de
un hombre de un metro ochenta y cabello rubio apareció.
-Delia, gracias por dejarme estar
a tu lado hasta el final-dijo el rubio de ojos azules- no me perdonaría nunca
no poderte decir lo mucho que te amo. Fuiste la única en este mundo que pudo
entenderme, escucharme, hacerme sentir lo valiosa que es la vida. Gracias, por
ser mi amiga, mi confidente, mi musa, mi diosa, la madre de mi hija, mi esposa,
mi siempre fiel compañera.
La voz de Michael se entrecortaba, sus
ojos derramaban lágrimas de tristeza por su esposa, rodeándola con sus brazos y
sosteniéndola delicadamente con el deseo de que nunca lo dejara.
-Sabes, quiero que se llame
Victoria, que sea fuerte, lista, buena con los demás y de buen corazón. Te amo
Michael, cuídala bien.
Y con estas últimas palabras,
Delia, murió. Los sollozos del muchacho de aparentemente 28 años eran
silenciosos pero llenos de dolor. “¿Victoria eh? Creo que mejor nombre no
pudiste elegir. Te prometo cuidarla y aunque ella no sepa de mi la protegeré,
juro que la protegeré”. El chico caminó hacia la bebé y la tomo en brazos, “sé
una buena niña, crece fuerte y feliz, que yo estaré contigo siempre””. Dicho
esto se la dio a su abuela y le pidió el favor de que se encargara de criar a
su hija. La señora sin pensarlo dos veces acepto, pues era su nieta de quien
estaban abalando.
Michael y William regresaron con su
pelotón seguros de que la niña se encontraría bien. Ahora, tendrían que esperar
a que el enemigo hiciera su siguiente paso para poder atacar.
Sin embargo, una pelea, un nacimiento y
una muerte no fueron guardados en la memoria de nadie. El milagro más
importante de todos los tiempos ocurrió un 25 de abril de 1992 dando inicio a
la historia más hermosa de todos los tiempos.
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